Sin pasaje de ida ni plan de retorno

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Acudir al aeropuerto para salir del país es un acto de fe para muchos venezolanos y venezolanas. La hiperinflación y la devaluación de la moneda ha hecho que sea prácticamente imposible conseguir un billete de avión. Aún así, cada día en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía miles de personas hacen fila durante horas a la espera de poder adjudicarse un pasaje, aunque solo sea de ida. Eso fue lo que tuvo que vivir Charlotte Lajarín cuando decidió abandonar Venezuela en el 2015. Sin pensarlo mucho, llenó un día su maleta con todo lo que pudo y saltó al vacío con la esperanza de poder llegar a Madrid de algún modo. En este relato, Charlotte explica los obstáculos que tuvo que enfrentar ese día en el aeropuerto, antes de dejar atrás su hogar.

Último día

Por: Charlotte Lajarín

Allí estaba, un miércoles de septiembre de 2015, sin pasaje de ida ni plan de retorno, con la convicción de no pertenecer. Venezuela me enseñó a caminar, pero la delincuencia en sus calles me impedía avanzar; como zapatos viejos cuando estás en pleno crecimiento, me apretaba, me incomodaba y dificultaba mis pasos firmes y libres. Ahora mis pies se tambaleaban inciertos sobre el cinético piso de Cruz Diez. Aquella emblemática obra de arte, prestigioso resultado del esplendor petrolero, personificaba entonces un vago testigo del éxodo juvenil que ocurría al norte del sur americano. Sus mosaiquillos color verde, rojo, azul y negro avanzaban conmigo. Arrastraba sobre ellos el peso del pesar y el de todas mi pertenencias envueltas sobre cuatro ruedas; abrigos voluptuosos prestados, un libro de fotografía, unos pares de zapatos y capas de ropa que resultarían indefensas ante el frío que me esperaba a unos miles de kilómetros.

Había pasado meses buscando la manera de traspasar el silencioso e invisible muro fronterizo erguido por el control cambiario y la corrupción. Los vuelos hacia el viejo continente se presentaban por internet en inaccesibles monedas extranjeras y los pasajes en las agencias de viaje estaban agotados hasta el año siguiente. Un rumor clandestino me alcanzó. Cada miércoles -decían- salía un vuelo de Conviasa, una depauperada línea aérea nacional, hacia Madrid, para el cual se generaba una enigmática lista de espera paralela de personas rezagadas sin pasaje. Todas esperando poder comprar, con devaluados bolívares, un billete de ida en el supuesto caso de que algún pasajero llegara tarde o no se presentara al momento del chequeo. Sólo había un requisito: tener nacionalidad europea. ¡Bingo! La herencia fortuita de la guerra civil española y el valor de mis antepasados de probar suerte en el Caribe me otorgaban ahora el derecho de retorno a mi tierra desconocida. Lanzarse al aeropuerto sin pasaje y con todas mis pertenencias encima sería un deporte de alto riesgo; pero esta alternativa era mi as bajo la manga, mi mejor y única opción.

Lanzarse al aeropuerto sin pasaje y con todas mis pertenencias encima sería un deporte de alto riesgo

Llevaba dólares en efectivo, que había podido cambiar en el mercado negro y que fui acumulando durante años en una recóndita gaveta de mi cuarto. No tenía cuenta bancaria internacional y mis tarjetas eran equivalentes en cualquier país extranjero a billetes de monopolio. Portaba el dinero añejo estratégicamente distribuido encima de mí, anticipando la posibilidad de una intercepción por parte del hampa. Unos billetes dentro del bolsillo frontal derecho del bluyín, otros en un pequeño bolso ajustado a mi cuerpo bajo mi camiseta y el resto en un compartimiento interno de mi equipaje de mano donde también guardé los zarcillos de oro que me regaló mi abuela. Me mantuve alerta durante la travesía.

El vuelo a Madrid salía a las cinco de la tarde. Madrugué, me eché un baño de agua caliente, abracé a mi madre lo más fuerte que pude y salí a Maiquetía. Mis hermanos, Juan y Angela, me acompañaron incrédulos al aeropuerto, sin entender muy bien mi logística. A las siete de la mañana una extensa hilera humana a la cual me incorporé rápidamente serpenteaba en dirección hacia el mostrador de Conviasa. Con el atrevimiento y calidez que me enseñó el trópico, entré en conversación e indagué en la situación de las personas a mi alrededor. Muchas habían pasado la noche en el aeropuerto y aguardaban pasaje en mano. “Llegar sólo diez horas antes del vuelo no fue una jugada suficientemente preventiva”, pensé.

Foto por Halacious en Unsplash

No había aire acondicionado, mi cuerpo transpiraba. Luego de varias horas, la culebra humana comenzó a moverse; yo avanzaba lentamente con las tripas estripadas. Podía divisar cómo progresivamente me acercaba al personal de uniforme blanco y naranja. Formulé mi discurso y preparé mis papeles. Llegó mi turno frente al mostrador, expuse mi caso y con la normalidad de quien recibe a diario mendigos de oportunidades, la chica procedió a tomar mis datos. Me sorprendió su indiferencia. Apuntó mi nombre en una lista y me pidió que me ubicara en una segunda fila del lado derecho, mucho más corta que la anterior pero inmóvil, y me indicó que me mantuviese atenta. Me di cuenta de que los rezagados éramos más de una decena.

“Charló Lajari”. Escuché a la distancia mi nombre mal pronunciado por una voz aguda. Mi pecho saltó y yo lo seguí hasta el mostrador por segunda vez. Entregué temblorosa mi exclusiva documentación y al proceder al pago pude distinguir entre el alboroto: «Tarjeta denegada». Hizo aparición en escena una vigorosa fuerza en expansión, la hiperinflación dijo ”¡Presente!”, arrastrando y devorando, como una bola de nieve, todo lo relacionado a la prosperidad económica, poder adquisitivo y posibilidades de planificación. En una semana el billete había duplicado su precio y yo sólo contaba con la mitad del dinero. Por un instante me paralicé, sentí una profunda grieta en mi pecho, mi piel palideció y mis pies comenzaron a hormiguear.

En una semana el billete había duplicado su precio y yo sólo contaba con la mitad del dinero

Sabía que las personas detrás de mí, por instinto de supervivencia, apostaban a mi mala suerte para aumentar sus posibilidades de huida. Fue mi prueba de fuego, el momento de poner en práctica lo que mejor había aprendido en mi país a lo largo de veintitrés años: la capacidad resolutiva. Debía actuar antes de que se formara un zaperoco a mi alrededor por el largo tiempo de espera, el calor y la incertidumbre general. Mi padre no vivía en Venezuela, mi madre sobrevivía a merced de deudas y mis hermanos no tenían ni la culpa. Busqué mis datos bancarios e hice varias llamadas lidiando con la mala señal, hasta que di a parar con el contacto de un amigo de la familia que pudo transferir un préstamo de forma inmediata con lo que restaba del dinero para el pasaje.

Volví por tercera vez al mostrador disimulando mi angustia y pasé nuevamente la tarjeta. Me encomendé a los santos que nunca antes veneré, rogando que no fallara el sistema eléctrico ni se manifestara ningún otro espectro tercermundista. Esperé unos eternos segundos y la palabra “aprobado” brilló ante mis ojos. No tuve reacción, me mantuve escéptica, seguí las indicaciones del agente como buena autómata. Lo que tenía meses planificando en mi mente se consolidó en cuestión de segundos. Entregué mi equipaje que tenía cuatro kilos de sobrepeso. No sé qué sensata expresión de desespero habrá reflejado mi rostro, pero la chica del mostrador hizo caso omiso y chequeó mi maleta deseándome buen viaje.

Regresé al pasillo de Cruz Diez, abrazada de mis hermanos, pero esta vez avanzaba ligera, en sentido contrario. Estaba agotada y desgastada, pero me sentía victoriosa. Había vencido a unos cuantos demonios. Comprendí mi ausencia y acepté que una parte de mí ya se había ido.

Foto de portada por: Daniel Garrido

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