No te muevas o nos morimos todos

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Un 24 de diciembre, Yuleida Montero conducía de vuelta a casa por las calles de Mérida (Venezuela) para preparar los últimos detalles de la fiesta navideña de esa noche. Pero de repente y sin darse cuenta, se vio inmersa en un episodio de violencia que puso su vida en peligro. Desde ese momento, se sintió insegura y perseguida en su ciudad natal, lo que la llevó a tomar la decisión de salir del país, dejando atrás a su familia, su hogar, su trabajo y su sentido de pertenencia. En “Al otro lado del teléfono”, Yuleida nos cuenta cómo una llamada que recibe tiempo después de estar viviendo en Barcelona la transporta a ese fatídico mediodía decembrino. 

Al otro lado del teléfono

Por: Yuleida Montero

Es cierto eso de que ves pasar la vida como una película en cámara rápida cuando estás frente a frente con la muerte. Un jueves de diciembre del año 2016, estaba en mi casa en Barcelona, cansada por la negativa que recibí de las instituciones públicas que había visitado durante el día y descansando un rato antes de cenar. Fue entonces cuando entró la llamada que me devolvería a aquella tarde en mi ciudad; esa que cambiaría el rumbo de mi vida. Era mi hija al otro lado del teléfono, y del Atlántico, llamando para darme la buena noticia de que finalmente el carro que había dejado en Venezuela antes de salir se había vendido, a pesar de las secuelas causadas por las balas y del riesgo a ser identificado por aquellos a quienes temía.

La noticia me transportó a ese mediodía de un veinticuatro de diciembre en Mérida, cuando manejaba con rumbo a casa a prepararme para la fiesta de Navidad donde la nona. Sabía que me esperaba una noche en familia de mucho comer, beber, hacer chistes, bailar y hablar, inevitablemente, de los últimos acontecimientos en el país. Escuchaba a Gloria Estefan en la radio, y pensaba en todo lo que debía preparar para el evento. De repente, en un enlace vial poco transitado, con apenas algunas casas y mucha vegetación, comencé a escuchar detonaciones de petardos, lo cual me pareció muy normal por ser día festivo. Sin embargo, al transcurrir unos segundos, me di cuenta de que estaba atrapada en el centro de una batalla entre policías y delincuentes y de que lo que creí escuchar no eran petardos, sino balazos que iban y venían.

De un momento a otro, mi carro se convirtió en el escudo de los policías motorizados y uno de ellos me ordenaba a gritos que no me moviera. Comprendí entonces que estaba en el lugar equivocado, a la hora equivocada, esperando solamente que una bala perdida cumpliera su cometido. El primer instinto que tuve fue resguardarme bajo la guantera y taparme los oídos con fuerza. Ni una sola fibra de mi cuerpo dejaba de temblar. Estaba paralizada por el frío del terror, mi cerebro saltaba como si quisiera salirse del cráneo, mientras, de mi boca no salían sonidos coherentes, sólo ahogados gemidos pidiendo auxilio, como en las pesadillas, cargados de una inmensa tristeza, porque de allí no saldría viva. Angustiada, en lo único que pensaba era en el dolor que le causaría a los seres que tanto amaba.

Comprendí entonces que estaba en el lugar equivocado, a la hora equivocada, esperando solamente que una bala perdida cumpliera su cometido

Cuarenta y cuatro años resumidos en esa película mental que duró segundos y en la que me vi en el pasado y presente, junto a mis hijos, mi madre, mi familia y  amigos, con la certeza inminente de un futuro que ya no sería. Al cabo de unos minutos interminables, el fuego cesó, intenté ponerme al volante arrastrando el cuerpo, con las pocas fuerzas que tenía aunadas a una última esperanza por salvar la vida. Encendí el coche, me disponía a huir, cuando la voz de otro policía me gritó, dándole un golpe al cristal: “No te muevas o nos morimos todos”. Segundos después, los tiros se reiniciaron, y el policía quedó tirado en el suelo a un costado, y al frente, igualmente, dos delincuentes yacían también. 

Pero yo me negaba a aceptar ese final. En medio de mi desesperación, le pedía a Dios y a mi abuelo que me salvaran, y allí, entre lágrimas y sudor frío, hubo un instante fugaz, en que mi mirada se cruzó con la de uno de los delincuentes que, atrincherado detrás de un pequeño muro, apuntaba y disparaba con tanta seguridad hacia donde yo estaba. Pude ver que no tenía intención de matarme, porque pudo haberlo hecho desde el principio; yo no era su objetivo, pero supe de inmediato que si salía de allí, no llegaría con vida al proceso judicial. Me puse nuevamente delante del volante, aceleré sin mirar atrás. Con los cauchos inservibles recorrí sólo unos metros, pero los suficientes para encontrar ayuda y perder de vista aquel martirio. 

Al día siguiente, busqué en los diarios y no había ningún titular. Me di cuenta de que ese es el valor que tiene la vida de una persona en Venezuela: no merece ni una nota de prensa para informar sobre su muerte y reflejarla en una estadística supuestamente veraz. Por mi parte, no tenía dudas de que no podía seguir allí en medio de tanta violencia. Me sentía insegura y perseguida: debía salir del país. 

Yo no era su objetivo, pero supe de inmediato que si salía de allí, no llegaría con vida al proceso judicial

La voz de mi hija al otro lado del teléfono me sacó de mis recuerdos. Le agradecí su llamada para darme la buena noticia, por fin me desharía de ese coche, me despedí y colgué. Luego, me serví un vaso de agua y, aún ensimismada, me asomé a la ventana que me mostraba Barcelona, esta nueva ciudad donde intento reinventarme.  

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