Sabíamos lo que era estar forzados al encierro

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Son diversos los motivos que nos pueden llevar a encerrarnos en nuestras casas o en nosotros mismos. Mientras camina por una ciudad vacía por el miedo a un virus, el protagonista de este relato recuerda aquellos días en su pueblo natal en el que se escondía de otra amenaza: la violencia. Andrés Guillermo Prieto Martínez nos explica en este cuento la historia de un joven que podría ser la de miles de personas que han tenido que huir de Colombia. Testimonios que muchas veces se pierden en el olvido, sobre todo cuando el miedo lleva a una comunidad a disipar sus recuerdos y a guardar silencio. Este texto fue el ganador en la categoría de Narrativa del 1.er Premio de Escritura Creativa En Palabras [relatos migrantes].

El día de la Virgen

Por: Andrés Guillermo Prieto Martínez

Con las calles vacías percibo que el mundo que se ordena tras mis pasos es más ordenado y geométrico, todo se presenta como una repetición sin altibajos. Imagino que la avenida por la que camino opera en el espacio muerto como una atadura invisible que funde en un mismo destino y una misma dirección las largas sucesiones de edificios. Encuentro que me basta con la mirada para calcular la distancia que me separa de un lugar a otro. No siempre fue así. Los caminos de mi pueblo están llenos de tropiezos, de zanjas inmensas como valles imposibles de esquivar, de recorridos que se transforman incesantemente por las piedras, la basura y el barro. No hay manera de evitar los charcos que se forman en las calles ni tampoco los barrizales que engullen las aceras hasta alcanzar los muros de las casas. Allá el tiempo que toma llegar de un lugar a otro depende siempre de la intensidad de la lluvia y de las múltiples deformaciones que sufre la tierra con las pisadas ajenas. No romantizo la suerte actual de mis pasos ni desdeño la de entonces. Cada marcha, por fácil o compleja, es el triunfo del cuerpo en el mundo, así como la marcha que me trajo hasta aquí o la que me sacó de allá. 

Siempre dicen lo mismo sobre los ausentes: Dios nos quitó el recuerdo de ellos de la memoria para resguardarnos del dolor.

Atravieso una sección de la avenida Diagonal con mi bolsa de mercar vacía, ansioso de los tropiezos que mis pasos insisten en reclamar por culpa de su arraigo. Mientras tanto imagino las consecuencias que tuvo para la gente del pueblo mi repentina desaparición. Me sumerjo en la idea de un aparente equilibrio que por un momento me colma de tranquilidad y me alivia: tanto aquí como allá los niños y los jóvenes permanecen cautivos en sus casas, mientras los adultos cuidan de ellos. Para todos, sin excepción, aquí y allá, cesaron las visitas, las celebraciones y los juegos en la calle. Inmediatamente me retracto, porque sé que no es más que una falacia sobre la igualdad que viene de otras bocas. Entonces se disuelve la calma: aquí no es como allá. Desde hace mucho tiempo que en mi pueblo el barro se acumula en las calles mientras las vidas se consumen al interior de las casas. El miedo ya nos había tocado de otras maneras, nos era bien conocido y sabíamos lo que era estar forzados al encierro. 

Foto por Delaney Turner en Unsplash

Desaparecí un día de mayo de hace dos años. Supongo que allá nadie recuerda qué día fue con exactitud o al menos nadie quiere hacerlo. Imagino que hasta el más espabilado de los niños no se ha atrevido, por pura superstición, de hablar sobre lo sucedido. Quizás también no lo han querido hacer, soslayados por las reprimendas de los más grandes, quienes siempre dicen lo mismo sobre los ausentes: Dios nos quitó el recuerdo de ellos de la memoria para resguardarnos del dolor. Puede que quienes cuentan algo sobre ese día prefieran decir que son cosas que han soñado o que han escuchado de los sueños de otros, tal como lo hacen sobre muchas otras cosas. Esa manera de narrar la vida ha acompañado a la gente de mi pueblo, a sus vagos ritos, sus vagas tradiciones y la vaga memoria de las palabras que algunos se esfuerzan por conservar.

En mi pueblo nada volvió a celebrarse después del atardecer, la oscuridad venía para todos como una amenaza desconocida, como el virus del cual hoy nos resguardamos.

Intento por todos los medios hacerme a la idea de que lo que se sabe de mí y de ese día es retazo incoloro de imágenes que quedó como consecuencia de una amnesia colectiva. Mis pasos llevan la cuenta de las suposiciones contradictorias que no puedo dejar de hacer, con mi deseo presente de olvidar y de ser olvidado. Un juego sin salida. Por desfortuna mi recuerdo es menos difuso. Ese día se celebraba la Romería de la Virgen, que es para muchos el más agorero de todos los días del año. Ya no era un niño, tenía diecisiete años y había tenido que enterrar yo mismo a mi madre unas semanas antes. Me levanté en la madrugada para ir al frente de la procesión que iba desde la plaza hasta la ermita donde está la Virgen, en la pendiente más empinada del pueblo. Fui el primero en llegar, en inclinarme y en tocar el altar. También fui el primero en alentar a los demás para alzar la estatua, ponerla sobre la mesa de paso y continuar el recorrido. A la una de la tarde, tras el final del recorrido, ya habíamos puesto a la Virgen de vuelta en su altar y yo tenía, como los demás cargueros, la camisa manchada de sudor y los zapatos de cuero negro colmados de barro. En mi pueblo nada volvió a celebrarse después del atardecer, la oscuridad venía para todos como una amenaza desconocida, como el virus del cual hoy nos resguardamos. Sin la Virgen sobre mí aún sentía todo su peso a cuestas, y pensé que era el peso del miedo y la angustia. Vendrían por mí y tenía que huir. 

Foto por Ignacio Amenábar en Unsplash

No traje nada conmigo salvo mi ropa sucia y un fragmento de porcelana blanca y azul que arranqué de alguna esquina desportillada de la Virgen mientras la cargaba. La llevo todavía conmigo en una bolsita de tela improvisada que cuelga de mi cuello. La llevo para pensar que los pasos que doy siguen siendo parte de esa procesión. A cien metros del lugar donde merco solo puedo seguir pensando en ese día y en los anteriores. Lo que vino después y me trajo hasta aquí está hecho de un material menos difícil de tragar. Mi madre me había rogado que huyéramos pero que lo hiciéramos después de la Romería, le tenía una promesa a la Virgen y primero debía cumplírsela. Al final yo debo cargar con la misma congoja de todos los de allá: la de no haber huido antes por querer ser bueno con la Virgen.

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