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En la pista, sola o acompañada de amigas, a Tatiana Rojas Sánchez de 25 años le gusta perrear, mover su cuerpo como quiera, sin pedir permiso, sin sentir culpa y en total libertad. Cree en las energías, consulta el horóscopo y las cartas de vez en cuando, y no duda de que una sociedad feminista y antirracista es la única manera de construir un mundo real y más justo.   

Nació en Tunja, Boyacá (Colombia), y hace cuatro años decidió venir a Barcelona a estudiar, inspirada por la lista de escritoras y escritores que han vivido y se han formado aquí. Es periodista de profesión y después de ser mesera, secretaria, limpiadora de lavanderías (entre otras), hoy trabaja en IAP (International Action For Peace), una ONGD que acompaña a lideresas y líderes en Colombia y nace como respuesta solidaria a la situación de vulnerabilidad en la que se encuentran los procesos organizativos campesinos que trabajan por la paz y la justicia social durante el conflicto armado.

En este texto, Tatiana, o La contadora de historias, como le gusta que la llamen, nos cuenta lo que ha significado para ella migrar y cómo esta decisión la ha cambiado en muchos aspectos y la ha hecho ser quien es hoy en día.

Soy quien soy porque he migrado

POR TATIANA ROJAS

Ese día, en la sala de espera de la comisaría de policía de Barcelona, la mayoría éramos mujeres en situación irregular. Una tenía a su hijo en brazos, otra hablaba en su lengua con un hombre a través del altavoz de su teléfono y otra de ellas agarraba con fuerza su pasaporte entre las manos; alcancé a leer lo que decía en la portada: República Bolivariana de Venezuela. “No estoy sola”, pensé. Nos mirábamos las unas a las otras y nuestros rostros hablaban por sí solos. Había tres funcionarios —corpulentos, caras finas y con las miradas fijas en cada una de nosotras– que conversaban y decían entre risas: “La siguiente migrante”. Hasta que me di cuenta de que la siguiente migrante era yo. Era la primera vez que me llamaban así. 

“Si no tiene un NIE, no podrá trabajar, ni viajar, ni tener una cuenta de banco, ni arrendar un piso, mejor dicho, no podrá hacer ni ser nadie en mi país”, dijo uno de los funcionarios cuando le expliqué el motivo por el cual me habían denegado mis papeles y quería saber qué otras opciones existían. ¿Qué podía hacer? ¿A quién recurrir? En ese momento sentí que todo era imposible, un círculo sin salida, sin esperanza, sin nada. Pero una de las mujeres, la que estaba con su hijo, se acercó y me dijo: “Tranquila, es difícil, pero se puede: no estás sola”.  

Pero una de las mujeres, la que estaba con su hijo, se acercó y me dijo: «Tranquila, es difícil, pero se puede: no estás sola».

Migrar es enfrentarse una y otra vez a una ley de extranjería con un sistema que cada día legítima más la violencia contra las personas migrantes y refugiadas. 

Migrar es tener que enfrentarse a entrevistas donde te preguntan —por ser mujer—: “¿Qué estás dispuesta hacer por el trabajo?”

Migrar es tener que hacer trabajos que nunca te imaginaste y, en su mayoría, muy precarios y desvalorizados socialmente.  

Migrar es alzar la voz cuantas veces sea necesario porque te están recordando que «no eres de aquí».

Migrar es escuchar comentarios xenófobos, discriminatorios y de acoso cuando menos te lo esperas: “Vienen a quitarnos lo nuestro”, “Vienen a quitarnos nuestro trabajo”, “Vienen a vivir de nuestro dinero”, “Vienen a quitarnos a nuestros hombres”, “Sudaca de mierd…, vete a tu país”, “Las colombianas son bien calientes”…

Migrar es estar en una continua lucha por ser alguien, por tener algo, por una oportunidad.

Migrar es estar horas, días y meses intentado hacer cualquier trámite de extranjería para no ser -nuevamente- una #sinpapeles.

Migrar es crear redes con otras mujeres de tu país, de tu continente y sentirte que no estás sola.

Migrar es renacer en la mañana, al medio día y en la noche. Así, todos los días.

Migrar es partir(se) para siempre. 

Migrar es ser fuerte por necesidad.

Migrar es resistir. 

Migrar es un acto de valentía.

Migrar es un acto de rebeldía.

Migrar es ser evaluada constantemente. 

Migrar siendo mujer es dar tres veces lo que una tiene, por ser humana, por ser mujer, por ser migrante.

Migrar duele y no es fácil, pero aquí estamos.

Migrar es renacer en la mañana, al medio día y en la noche. Así, todos los días.

Ese día en la comisaría, no nos dieron respuesta alguna, más allá de que este no era nuestro lugar, de que no pertenecíamos aquí. Nos fuimos una detrás de la otra y cada una por su lado. Recuerdo que pensé que la única salida era transformar esa rabia que sentía en valentía y que ello requeriría caerme, enfrentarme al miedo, derramar unas cuantas lágrimas y tener mucha, pero mucha, berraquera. Porque la mujer con el hijo tenía toda la razón: migrar no es fácil, incluso así hayas tenido el privilegio, como yo, de haber tomado tú la decisión. Pero tampoco es imposible. 

No estamos solas. Hoy puedo decir con toda sinceridad que soy todo lo que soy porque he migrado. Y aquí sigo y seguiré en ese ir y venir. 

Recuerdo que pensé que la única salida era transformar esa rabia que sentía en valentía

Soy Tatiana Rojas Sánchez, una colombiana que se hizo más colombiana cuando migró a Barcelona. Mesera, secretaria, limpiadora de lavanderías, latina, periodista, escritora, mujer, joven, feminista, activista por el derecho y el placer de perrear solas.

Y también migrante.

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