Cosas que olvidar

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Dice que lo que más le cuesta de la migración es estar con el cuerpo en un lugar y los pensamientos en otro. Más que normal, si en su país se quedaron sus hijos y la libertad de poder hablar sin tener que controlar lo que dice. Daniela Rovatti, teje y le gusta hacer collages en los ratos que la corrección editorial le deja libres. Vino de Argentina a Barcelona hace casi cuatro años y esa sensación aún persiste.

En su relato corto «Ir, venir, marchar», Dani nos traslada al momento antes de partir, cuando la casa se resiste a ser empacada, cuando se debe decidir qué parte de la vida se deja atrás y qué nos acompaña en el camino nuevo.

Ir, venir, marchar

Daniela Rovatti

Es inaceptable todo ese echar de menos aturdido y ansioso que se pide a una persona que tolere en su vida. No se debe tolerar, no realmente.

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Cuando llega el momento de partir, incluso si tenemos que salir huyendo, siempre hay cosas que se interponen en el camino: cosas que no podemos llevar, cosas que tenemos que dejar, cosas que tenemos que olvidar. Y esas cosas serán los vacíos que llevaremos a cuestas: los libros que ya no tendré, el escritorio que voy a extrañar, el tejido que no terminé, y también las palabras huérfanas que no tendré con quien compartir.

Y yo, en una casa que se niega a vaciarse, mirando mi biblioteca saqueada por mí misma, sucumbo frente al verbo ἐξέρχομαι, una de las pocas palabras del antiguo griego que conservo entre las miles que llegué a saber de memoria. Mi memoria me protege y saca a relucir palabras o fragmentos que siguen derivando en secreto. 

Ir, venir, marchar

¿Qué acepción me corresponde de todas las que amalgama ese verbo? ¿Ir, partir, salir hacia un lugar, escapar, extender, llegar, adelantar, apartar? Todas. Me corresponden todas. Acabo de comprender, más de cuarenta años tarde, la sabiduría de los griegos que tantos desvelos me causó cuando era estudiante. Todas mis cosas se extienden y se adelantan, se escapan, salen, y ese vacío que van dejando es el viento que me empuja hacia algún lugar donde solo una persona me espera.

¿Ir, partir, salir hacia un lugar, escapar, extender, llegar, adelantar, apartar? Todas. Me corresponden todas.

¿Cuál será el verbo que corresponde a lo que se queda conmigo, a aquello que permanece?, me pregunto.

Enajenada y atónita sigo arrastrando objetos de esta casa que se aferra. En esta casa que, como eras geológicas, superpone enseres que vienen de todas mis vidas y de las vidas de otros que ya vinieron, fueron y marcharon: cristaleros que atravesaron de ida y de vuelta el mar océano de un continente a otro; la mesa de mi tía Arsenia, la costurera, con una cicatriz con forma de tijera, un pequeño cencerro de quién sabe qué pasado campesino. Y aquellas que no podrán partir y ya fueron vendidas junto con mi casa: la rajadura de la pared que da a la cocina, que resiste arreglo tras arreglo, tejas traicioneras que dan la bienvenida a las lluvias en el interior y un hormiguero que descubro debajo del piso de madera cuando parte el mueble que lo cobijaba.

“Los primeros jazmines duelen en el alma”, dice mi amiga cuando nos separamos en la puerta. Y yo quiero tragar, pero no tengo saliva. Por más que beba, mi boca es un desierto infinito. Dicen que se nos seca la boca porque el animal que olvidamos que somos se prepara para escapar y que el corazón golpea el pecho para que la sangre fluya y traiga la energía para la huida.

Ya, cuando los vacíos nos empujaron del todo, dormí en un lugar ajeno, solo quedaban tres días. Tardé horas infinitas en poder conciliar el sueño. Había viento y las persianas arreciaban los golpes incansablemente. Mi corazón los acompañaba en un contrapunto feroz y el agua pasaba por mi boca sin siquiera mojarla. 

Un golpe de persiana, un latigazo del corazón, un trago de agua inútil. Un golpe de persiana, un latigazo del corazón, un trago de agua inútil. Un golpe de persiana, un latigazo de corazón, un trago de agua inútil.

“Esta es la noche en que no me voy a morir, aunque podría haber sido”, es lo último que recuerdo haber pensado antes de dormirme.

Esa noche soñé con una mujer que rescataba recuerdos y los tejía en una telaraña.

—¿Quién ha llegado hoy a mi telaraña? —preguntó la mujer sin levantar la vista.

—Soy yo, la mujer de la boca de arena.

Y la mujer comenzó a entrelazar laboriosamente los retazos.

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