Beatriz Calcaño no abandonó su querida Venezuela por gusto. Siguió el camino que había seguido su hija años antes y se mudó a Barcelona; abandonando su patria, como han hecho y siguen haciendo miles de venezolanos y venezolanas que huyen de una realidad que los ahoga. Así, en 2017, a sus sesenta años, dejó atrás su casa y las pertenencias más íntimas. En “Diario breve de incertidumbres”, Beatriz Calcaño cuenta, por medio de la poesía, las angustias y los miedos a los que tuvo que enfrentarse durante el primer año en Barcelona, en el que muchas veces se sintió como un fantasma, invisible a los ojos de los demás.
Diario breve de incertidumbres
Por: Beatriz Calcaño
Febrero
Quemo casi todas mis naves y llego a una Barcelona fría y húmeda
Comienzo de inmediato las clases de catalán
el primer día que tomo el metro un músico toca El cóndor pasa
y se me salen las lágrimas
nos empadronamos en el Ayuntamiento
Los ánimos están altos
Marzo
Llevamos los papeles a extranjería
Cruzamos los dedos
Todavía hace frío
En la clase de catalán
Nos mandan a escribir una pequeña redacción
Yo escribo sobre Caracas con las veinte palabras y los cuatro verbos que sé
Unas de ellas: Caracas, et trobo a faltar
Abril
Comienzan en Venezuela los disturbios
El ánimo decae
El móvil arde con las noticias y videos que envían
me caigo en la calle y me fracturo una costilla
como si mi cuerpo se sintiera culpable por no estar allá
Un 24 de diciembre, Yuleida Montero conducía de vuelta a casa por las calles de Mérida (Venezuela) para preparar los últimos detalles de la fiesta navideña de esa noche. Pero de repente y sin darse cuenta, se vio inmersa en un episodio de violencia que puso su vida en peligro. Desde ese momento, se sintió insegura y perseguida en su ciudad natal, lo que la llevó a tomar la decisión de salir del país, dejando atrás a su familia, su hogar, su trabajo y su sentido de pertenencia. En “Al otro lado del teléfono”, Yuleida nos cuenta cómo una llamada que recibe tiempo después de estar viviendo en Barcelona la transporta a ese fatídico mediodía decembrino.
Al otro lado del teléfono
Por: Yuleida Montero
Es cierto eso de que ves pasar la vida como una película en cámara rápida cuando estás frente a frente con la muerte. Un jueves de diciembre del año 2016, estaba en mi casa en Barcelona, cansada por la negativa que recibí de las instituciones públicas que había visitado durante el día y descansando un rato antes de cenar. Fue entonces cuando entró la llamada que me devolvería a aquella tarde en mi ciudad; esa que cambiaría el rumbo de mi vida. Era mi hija al otro lado del teléfono, y del Atlántico, llamando para darme la buena noticia de que finalmente el carro que había dejado en Venezuela antes de salir se había vendido, a pesar de las secuelas causadas por las balas y del riesgo a ser identificado por aquellos a quienes temía.
La noticia me transportó a ese mediodía de un veinticuatro de diciembre en Mérida, cuando manejaba con rumbo a casa a prepararme para la fiesta de Navidad donde la nona. Sabía que me esperaba una noche en familia de mucho comer, beber, hacer chistes, bailar y hablar, inevitablemente, de los últimos acontecimientos en el país. Escuchaba a Gloria Estefan en la radio, y pensaba en todo lo que debía preparar para el evento. De repente, en un enlace vial poco transitado, con apenas algunas casas y mucha vegetación, comencé a escuchar detonaciones de petardos, lo cual me pareció muy normal por ser día festivo. Sin embargo, al transcurrir unos segundos, me di cuenta de que estaba atrapada en el centro de una batalla entre policías y delincuentes y de que lo que creí escuchar no eran petardos, sino balazos que iban y venían.
De un momento a otro, mi carro se convirtió en el escudo de los policías motorizados y uno de ellos me ordenaba a gritos que no me moviera. Comprendí entonces que estaba en el lugar equivocado, a la hora equivocada, esperando solamente que una bala perdida cumpliera su cometido. El primer instinto que tuve fue resguardarme bajo la guantera y taparme los oídos con fuerza. Ni una sola fibra de mi cuerpo dejaba de temblar. Estaba paralizada por el frío del terror, mi cerebro saltaba como si quisiera salirse del cráneo, mientras, de mi boca no salían sonidos coherentes, sólo ahogados gemidos pidiendo auxilio, como en las pesadillas, cargados de una inmensa tristeza, porque de allí no saldría viva. Angustiada, en lo único que pensaba era en el dolor que le causaría a los seres que tanto amaba.
Comprendí entonces que estaba en el lugar equivocado, a la hora equivocada, esperando solamente que una bala perdida cumpliera su cometido
Cuarenta y cuatro años resumidos en esa película mental que duró segundos y en la que me vi en el pasado y presente, junto a mis hijos, mi madre, mi familia y amigos, con la certeza inminente de un futuro que ya no sería. Al cabo de unos minutos interminables, el fuego cesó, intenté ponerme al volante arrastrando el cuerpo, con las pocas fuerzas que tenía aunadas a una última esperanza por salvar la vida. Encendí el coche, me disponía a huir, cuando la voz de otro policía me gritó, dándole un golpe al cristal: “No te muevas o nos morimos todos”. Segundos después, los tiros se reiniciaron, y el policía quedó tirado en el suelo a un costado, y al frente, igualmente, dos delincuentes yacían también.
Pero yo me negaba a aceptar ese final. En medio de mi desesperación, le pedía a Dios y a mi abuelo que me salvaran, y allí, entre lágrimas y sudor frío, hubo un instante fugaz, en que mi mirada se cruzó con la de uno de los delincuentes que, atrincherado detrás de un pequeño muro, apuntaba y disparaba con tanta seguridad hacia donde yo estaba. Pude ver que no tenía intención de matarme, porque pudo haberlo hecho desde el principio; yo no era su objetivo, pero supe de inmediato que si salía de allí, no llegaría con vida al proceso judicial. Me puse nuevamente delante del volante, aceleré sin mirar atrás. Con los cauchos inservibles recorrí sólo unos metros, pero los suficientes para encontrar ayuda y perder de vista aquel martirio.
Al día siguiente, busqué en los diarios y no había ningún titular. Me di cuenta de que ese es el valor que tiene la vida de una persona en Venezuela: no merece ni una nota de prensa para informar sobre su muerte y reflejarla en una estadística supuestamente veraz. Por mi parte, no tenía dudas de que no podía seguir allí en medio de tanta violencia. Me sentía insegura y perseguida: debía salir del país.
Yo no era su objetivo, pero supe de inmediato que si salía de allí, no llegaría con vida al proceso judicial
La voz de mi hija al otro lado del teléfono me sacó de mis recuerdos. Le agradecí su llamada para darme la buena noticia, por fin me desharía de ese coche, me despedí y colgué. Luego, me serví un vaso de agua y, aún ensimismada, me asomé a la ventana que me mostraba Barcelona, esta nueva ciudad donde intento reinventarme.
La vida de la chilena Anita Navarro nunca volvió a ser igual después de aquel 1º de mayo de 1986. En plena dictadura de Pinochet, recibió una visita inesperada en su hogar, que la separaría de quienes hasta ese momento habían sido sus compañeros de vida y de lucha. Sería su primera detención, pero no la última, en un país en el que las fuerzas del orden imponían su régimen a base de terror y represión. En su relato “Los visitantes”, Anita describe la brutalidad con que los militares la sacaron de su casa y el miedo que sintió de no volver a ver su hogar o a sus seres queridos.
Los visitantes
Por: Anita Navarro
En los días previos al 1.º de mayo de 1986, salí con un grupo de compañeros a recorrer las calles oscuras de la comuna de San Miguel, en Santiago de Chile. A nuestro paso dejamos una regadera de panfletos llamando a la marcha para el día de los trabajadores. Aquella noche, en medio del apagón, los papeles refulgían con insolencia y descaro, como luces subterráneas surgidas desde los sótanos de las callejuelas de la Legua y El Pinar, para guiar los pasos de la gente y los nuestros también, en medio de la oscuridad. Muchas veces pensaba para mis adentros que lo mejor sería dejarlo todo. Vivir como tanta gente al margen de la historia y de lo que sucedía en el país, sin sentir ese miedo que me corroía el alma. Sin embargo, volvía a recuperar la valentía, que me brotaba desde el terror más profundo.
Un día como tantos otros, nuestros compañeros de departamento, Paloma y Pancho, salieron temprano; ella, al pedagógico y él, a una repetición para un concierto. Cuando oímos cerrarse la puerta de calle tras ellos, Lautaro me susurró medio dormido e insinuante:
—¡Qué rico que estamos solos! —Y nos entrelazamos bajo las sábanas, aliviados del espacio y del silencio que nos regalaba esa mañana.
Muchas veces pensaba para mis adentros que lo mejor sería dejarlo todo
Después de desayunar y sin decir palabra, contemplamos la cordillera desde la ventana del comedor. Me estremecí, no sé si por el sombrío semblante con el que se mostraba la cordillera esa mañana o por la inquietud que subía desde mis entrañas. Creo que por las dos cosas. Tomé un libro y me tumbé en el sofá. Lautaro cogió la guitarra que hacía rato nos observaba desde su rincón. La afinó un poco e intentó tocar una canción de Silvio Rodríguez, pero enseguida la devolvió a su lugar y se dirigió al baño.
—No hay luz —me dijo.
De pronto, oímos que subían corriendo las escalinatas y nos sobresaltamos por la violencia con que golpearon la puerta de calle. Lautaro palideció al abrir, y sin que alcanzáramos a entender lo que sucedía, irrumpieron cuatro civiles armados de fusiles dentro de nuestro departamento. De inmediato, uno de ellos le pidió la cédula de identidad a mi pareja y salió a hacer una llamada. En ese instante eterno se cruzaron nuestras miradas. Creí percibir que me alertaba: «Me llevarán por haber sido preso político».
De soslayo, pude ver que Lautaro tenía el rostro desencajado, como si cada gota de sangre hubiera hecho abandono de él. Percibí también el frío y la palidez de mi propio rostro. De mis manos brotaba un sudor helado y no paraban de temblar. Un nudo terrible se hacía sentir en mi estómago. Quería correr al baño por las náuseas y, aunque las lágrimas me quemaban los ojos, las pude contener.
Mientras tanto, los otros tres hombres se dirigieron al dormitorio y registraron los cajones de la cómoda, tirando en una caja de cartón cartas, fotos de la familia, libros, documentos, perfumes y un Casillero del diablo sin abrir, que había quedado de la última tertulia. Desarmaron la cama y registraron el colchón minuciosamente. Uno de los verdugos me dirigió una mirada vulgar e irrespetuosa, al mismo tiempo que examinaba y olisqueaba la cama tibia aún, como si amar también hubiera estado prohibido. «Ni que hubiésemos adivinado la inminente separación», pensé.
Uno de los verdugos llamó a los otros al cuarto contiguo. Entonces, Lautaro me alargó una libreta pequeña de cubierta negra, que rápidamente introduje en el bolsillo de atrás del bluyín. De vuelta a la sala, dos de ellos se dirigieron al librero y comenzaron a lanzar los libros por los aires después de arrancarles hojas al azar. Otro abrió el refrigerador y se puso a comer uvas, escupiendo, prepotente y arrogante, las cáscaras por la sala. Estaba paralizada, todo esto era una pesadilla. Lo único real parecían ser mis manos que seguían temblando. Ya terminada la faena, uno de ellos le ordenó a Lautaro:
—¡Tú nos acompañas!
—¡Y tú también! —me gritó el otro en el mismo tono. Entonces sentí el suelo moverse bajo mis pies, como en los terremotos.
—No tengo nada que ver con política —dije estremecida al escuchar mi propia voz como un hilo roto. Era la voz de la humillación y la impotencia.
—¡Cállate! —Fue la respuesta.
—Por favor, tengo que ir al baño, me duele mucho el estómago, ya no puedo… —rogué.
Uno de los verdugos me dirigió una mirada vulgar e irrespetuosa, al mismo tiempo que examinaba y olisqueaba la cama tibia aún, como si amar también hubiera estado prohibido.
Cuando salí del baño, nos empujaron a los dos fuera de casa. Bajamos los escalones apretándonos las manos hasta hacernos daño. Mis dedos intuyeron la preocupación de Lautaro por la libreta. Con una leve caricia intenté tranquilizarlo. Creí percibir que había entendido que la libreta había quedado bien resguardada detrás de la oscuridad del inodoro y que los nombres escritos en ella no serían descubiertos por los verdugos.
Íbamos rodeados de hombres armados. Los vecinos, en su mayoría mujeres y niños, nos observaban sumidos en un silencio que gritaba el miedo, la solidaridad y la impotencia que sentían. Al doblar la esquina, en la pequeña cancha de fútbol, un enjambre de militares armados, camiones y furgones de vidrios oscuros nos esperaba. Había, además, decenas de hombres del barrio de pie, con las manos en la nuca. Solo éramos dos mujeres; una vecina madre de dos jóvenes universitarios y yo. Sé que a las dos nos llevaron al mismo recinto policial, pues una vez reconocí su voz proveniente de una celda cercana a la mía.
Ya en la cancha de fútbol, tironearon de Lautaro para separarnos, pero él se aferró a mí, besándome con intensidad y desesperación. Fue un beso salobre, lleno de mar, inolvidable. Lo alejaron de una patada y a mí me vendaron los ojos. Luego me empujaron arriba de un vehículo que partió de inmediato. Nos separaron y yo, desgarrada, pensé: «Nunca más lo volveré a ver. Lo encarcelarán de nuevo o le ocurrirá algo peor». En ese momento preciso perdía mi hogar y a mi compañero. Me precipitaba al fondo de la desesperación. Me sentía tan chiquitita y desamparada, tan frágil y vulnerable, como cuando a los tres años despertaba a medianoche por alguna terrible pesadilla y corría a la cama de la abuela. Lo peor de todo era que perdía el control de mi vida, la autonomía y la capacidad de desplazamiento. Estaba en manos de los militares. Ahora era imposible correr adonde la abuela para que me infundiera valor.
La cinta adhesiva que hería mis ojos y la venda encima me dejaron en la más completa oscuridad. Mi mirada se volvió entonces hacia mi interior en busca de la luz perdida y allí dentro no encontré más que miedo y espanto, mientras que las voces de los verdugos transmitían mensajes en clave. Agudicé el oído para escuchar más allá de sus siniestras voces, esforzándome por adivinar el trayecto, tratando de identificar las calles por donde pasábamos, descifrando los ruidos que llegaban hasta mis oídos desde el Gran Santiago.