Beatriz Calcaño no abandonó su querida Venezuela por gusto. Siguió el camino que había seguido su hija años antes y se mudó a Barcelona; abandonando su patria, como han hecho y siguen haciendo miles de venezolanos y venezolanas que huyen de una realidad que los ahoga. Así, en 2017, a sus sesenta años, dejó atrás su casa y las pertenencias más íntimas. En “Diario breve de incertidumbres”, Beatriz Calcaño cuenta, por medio de la poesía, las angustias y los miedos a los que tuvo que enfrentarse durante el primer año en Barcelona, en el que muchas veces se sintió como un fantasma, invisible a los ojos de los demás.
Diario breve de incertidumbres
Por: Beatriz Calcaño
Febrero
Quemo casi todas mis naves y llego a una Barcelona fría y húmeda
Comienzo de inmediato las clases de catalán
el primer día que tomo el metro un músico toca El cóndor pasa
y se me salen las lágrimas
nos empadronamos en el Ayuntamiento
Los ánimos están altos
Marzo
Llevamos los papeles a extranjería
Cruzamos los dedos
Todavía hace frío
En la clase de catalán
Nos mandan a escribir una pequeña redacción
Yo escribo sobre Caracas con las veinte palabras y los cuatro verbos que sé
Unas de ellas: Caracas, et trobo a faltar
Abril
Comienzan en Venezuela los disturbios
El ánimo decae
El móvil arde con las noticias y videos que envían
me caigo en la calle y me fracturo una costilla
como si mi cuerpo se sintiera culpable por no estar allá
Danilo Adriano Marinho huía de sí mismo cuando salió de Recife (Brasil) hacia Barcelona, dejando atrás las playas y la comida que aún hoy extraña. Ahora, le gustan las croquetas y los panellets de esta ciudad en la que vive hace ya cuatro años.
Es poeta, músico, activista y trabaja como informador en un casal, desarrolla talleres de percusión para adolescentes en situación de vulnerabilidad y talleres de informática para gente mayor. Danilo se identifica con la lucha antirracista y una foto de su abuela lo acompaña adonde va.
En primavera de 2020, publicó su libro de poesía Tambores en el silencio, con textos en portugués, catalán y castellano, un lenguaje vivo que evoluciona con él, a su ritmo, siguiendo sus pasos, entremezclándose y dejando ver la sensibilidad del artista. Hoy compartimos “Novela Negra”, que nació con el impacto que le causó a Danilo entrar a una papelería a buscar un papel reciclado para imprimir su novela y toparse con el título de la sección de libros que le da nombre a este poema.
Novela Negra
POR DANILO ADRIANO MARINHO
Audio: poema «Novela Negra» leído por Danilo Marinho
El reloj marca las quince horas veintitrés minutos.
Entre las nubes grises de la tarde,
el sol intenta llegar hasta mí por las rayitas de luz.
Me llega una sensación tímida de calor,
y como ella, camino lento, despacio, disfruto del día.
Miro a la gente y veo caras con prisa.
Miro los bares y veo nostalgia en las cervezas frías.
Camino en línea recta, buscando curvas que suenen como las melodías.
Las armonías distantes me llevan delante de una librería.
Entro. Cruzo el pasillo y de ambos lados,
veo libros expuestos en las secciones de ciencia ficción,
de romanticismo, erotismo y de acción.
Sigo caminando con mis ojos,
Buscando algo que me pueda decir lo que sea.
Que pudiera decirme que no necesito una vida entera.
Que solo caminando se puede seguir como se desea…
Paro.
Encuentro un libro que por su portada me dice: cógeme.
Pero no. Algo me llama la atención.
Un título de una de las secciones.
Novela Negra.
¿Por qué coño las novelas se llaman novela negra?
¿Para decir que es un SUBgénero literario de ficción criminal?
O tan solo un nuevo thriller del momento,
como aquello negro tumbado en el suelo.… ¿Tyson? ¡Oh, no, Floyd!
¡Qué desilusión!
La vida de la chilena Anita Navarro nunca volvió a ser igual después de aquel 1º de mayo de 1986. En plena dictadura de Pinochet, recibió una visita inesperada en su hogar, que la separaría de quienes hasta ese momento habían sido sus compañeros de vida y de lucha. Sería su primera detención, pero no la última, en un país en el que las fuerzas del orden imponían su régimen a base de terror y represión. En su relato “Los visitantes”, Anita describe la brutalidad con que los militares la sacaron de su casa y el miedo que sintió de no volver a ver su hogar o a sus seres queridos.
Los visitantes
Por: Anita Navarro
En los días previos al 1.º de mayo de 1986, salí con un grupo de compañeros a recorrer las calles oscuras de la comuna de San Miguel, en Santiago de Chile. A nuestro paso dejamos una regadera de panfletos llamando a la marcha para el día de los trabajadores. Aquella noche, en medio del apagón, los papeles refulgían con insolencia y descaro, como luces subterráneas surgidas desde los sótanos de las callejuelas de la Legua y El Pinar, para guiar los pasos de la gente y los nuestros también, en medio de la oscuridad. Muchas veces pensaba para mis adentros que lo mejor sería dejarlo todo. Vivir como tanta gente al margen de la historia y de lo que sucedía en el país, sin sentir ese miedo que me corroía el alma. Sin embargo, volvía a recuperar la valentía, que me brotaba desde el terror más profundo.
Un día como tantos otros, nuestros compañeros de departamento, Paloma y Pancho, salieron temprano; ella, al pedagógico y él, a una repetición para un concierto. Cuando oímos cerrarse la puerta de calle tras ellos, Lautaro me susurró medio dormido e insinuante:
—¡Qué rico que estamos solos! —Y nos entrelazamos bajo las sábanas, aliviados del espacio y del silencio que nos regalaba esa mañana.
Muchas veces pensaba para mis adentros que lo mejor sería dejarlo todo
Después de desayunar y sin decir palabra, contemplamos la cordillera desde la ventana del comedor. Me estremecí, no sé si por el sombrío semblante con el que se mostraba la cordillera esa mañana o por la inquietud que subía desde mis entrañas. Creo que por las dos cosas. Tomé un libro y me tumbé en el sofá. Lautaro cogió la guitarra que hacía rato nos observaba desde su rincón. La afinó un poco e intentó tocar una canción de Silvio Rodríguez, pero enseguida la devolvió a su lugar y se dirigió al baño.
—No hay luz —me dijo.
De pronto, oímos que subían corriendo las escalinatas y nos sobresaltamos por la violencia con que golpearon la puerta de calle. Lautaro palideció al abrir, y sin que alcanzáramos a entender lo que sucedía, irrumpieron cuatro civiles armados de fusiles dentro de nuestro departamento. De inmediato, uno de ellos le pidió la cédula de identidad a mi pareja y salió a hacer una llamada. En ese instante eterno se cruzaron nuestras miradas. Creí percibir que me alertaba: «Me llevarán por haber sido preso político».
De soslayo, pude ver que Lautaro tenía el rostro desencajado, como si cada gota de sangre hubiera hecho abandono de él. Percibí también el frío y la palidez de mi propio rostro. De mis manos brotaba un sudor helado y no paraban de temblar. Un nudo terrible se hacía sentir en mi estómago. Quería correr al baño por las náuseas y, aunque las lágrimas me quemaban los ojos, las pude contener.
Mientras tanto, los otros tres hombres se dirigieron al dormitorio y registraron los cajones de la cómoda, tirando en una caja de cartón cartas, fotos de la familia, libros, documentos, perfumes y un Casillero del diablo sin abrir, que había quedado de la última tertulia. Desarmaron la cama y registraron el colchón minuciosamente. Uno de los verdugos me dirigió una mirada vulgar e irrespetuosa, al mismo tiempo que examinaba y olisqueaba la cama tibia aún, como si amar también hubiera estado prohibido. «Ni que hubiésemos adivinado la inminente separación», pensé.
Uno de los verdugos llamó a los otros al cuarto contiguo. Entonces, Lautaro me alargó una libreta pequeña de cubierta negra, que rápidamente introduje en el bolsillo de atrás del bluyín. De vuelta a la sala, dos de ellos se dirigieron al librero y comenzaron a lanzar los libros por los aires después de arrancarles hojas al azar. Otro abrió el refrigerador y se puso a comer uvas, escupiendo, prepotente y arrogante, las cáscaras por la sala. Estaba paralizada, todo esto era una pesadilla. Lo único real parecían ser mis manos que seguían temblando. Ya terminada la faena, uno de ellos le ordenó a Lautaro:
—¡Tú nos acompañas!
—¡Y tú también! —me gritó el otro en el mismo tono. Entonces sentí el suelo moverse bajo mis pies, como en los terremotos.
—No tengo nada que ver con política —dije estremecida al escuchar mi propia voz como un hilo roto. Era la voz de la humillación y la impotencia.
—¡Cállate! —Fue la respuesta.
—Por favor, tengo que ir al baño, me duele mucho el estómago, ya no puedo… —rogué.
Uno de los verdugos me dirigió una mirada vulgar e irrespetuosa, al mismo tiempo que examinaba y olisqueaba la cama tibia aún, como si amar también hubiera estado prohibido.
Cuando salí del baño, nos empujaron a los dos fuera de casa. Bajamos los escalones apretándonos las manos hasta hacernos daño. Mis dedos intuyeron la preocupación de Lautaro por la libreta. Con una leve caricia intenté tranquilizarlo. Creí percibir que había entendido que la libreta había quedado bien resguardada detrás de la oscuridad del inodoro y que los nombres escritos en ella no serían descubiertos por los verdugos.
Íbamos rodeados de hombres armados. Los vecinos, en su mayoría mujeres y niños, nos observaban sumidos en un silencio que gritaba el miedo, la solidaridad y la impotencia que sentían. Al doblar la esquina, en la pequeña cancha de fútbol, un enjambre de militares armados, camiones y furgones de vidrios oscuros nos esperaba. Había, además, decenas de hombres del barrio de pie, con las manos en la nuca. Solo éramos dos mujeres; una vecina madre de dos jóvenes universitarios y yo. Sé que a las dos nos llevaron al mismo recinto policial, pues una vez reconocí su voz proveniente de una celda cercana a la mía.
Ya en la cancha de fútbol, tironearon de Lautaro para separarnos, pero él se aferró a mí, besándome con intensidad y desesperación. Fue un beso salobre, lleno de mar, inolvidable. Lo alejaron de una patada y a mí me vendaron los ojos. Luego me empujaron arriba de un vehículo que partió de inmediato. Nos separaron y yo, desgarrada, pensé: «Nunca más lo volveré a ver. Lo encarcelarán de nuevo o le ocurrirá algo peor». En ese momento preciso perdía mi hogar y a mi compañero. Me precipitaba al fondo de la desesperación. Me sentía tan chiquitita y desamparada, tan frágil y vulnerable, como cuando a los tres años despertaba a medianoche por alguna terrible pesadilla y corría a la cama de la abuela. Lo peor de todo era que perdía el control de mi vida, la autonomía y la capacidad de desplazamiento. Estaba en manos de los militares. Ahora era imposible correr adonde la abuela para que me infundiera valor.
La cinta adhesiva que hería mis ojos y la venda encima me dejaron en la más completa oscuridad. Mi mirada se volvió entonces hacia mi interior en busca de la luz perdida y allí dentro no encontré más que miedo y espanto, mientras que las voces de los verdugos transmitían mensajes en clave. Agudicé el oído para escuchar más allá de sus siniestras voces, esforzándome por adivinar el trayecto, tratando de identificar las calles por donde pasábamos, descifrando los ruidos que llegaban hasta mis oídos desde el Gran Santiago.