Beatriz Calcaño no abandonó su querida Venezuela por gusto. Siguió el camino que había seguido su hija años antes y se mudó a Barcelona; abandonando su patria, como han hecho y siguen haciendo miles de venezolanos y venezolanas que huyen de una realidad que los ahoga. Así, en 2017, a sus sesenta años, dejó atrás su casa y las pertenencias más íntimas. En “Diario breve de incertidumbres”, Beatriz Calcaño cuenta, por medio de la poesía, las angustias y los miedos a los que tuvo que enfrentarse durante el primer año en Barcelona, en el que muchas veces se sintió como un fantasma, invisible a los ojos de los demás.
Diario breve de incertidumbres
Por: Beatriz Calcaño
Febrero
Quemo casi todas mis naves y llego a una Barcelona fría y húmeda
Comienzo de inmediato las clases de catalán
el primer día que tomo el metro un músico toca El cóndor pasa
y se me salen las lágrimas
nos empadronamos en el Ayuntamiento
Los ánimos están altos
Marzo
Llevamos los papeles a extranjería
Cruzamos los dedos
Todavía hace frío
En la clase de catalán
Nos mandan a escribir una pequeña redacción
Yo escribo sobre Caracas con las veinte palabras y los cuatro verbos que sé
Unas de ellas: Caracas, et trobo a faltar
Abril
Comienzan en Venezuela los disturbios
El ánimo decae
El móvil arde con las noticias y videos que envían
me caigo en la calle y me fracturo una costilla
como si mi cuerpo se sintiera culpable por no estar allá
Son diversos los motivos que nos pueden llevar a encerrarnos en nuestras casas o en nosotros mismos. Mientras camina por una ciudad vacía por el miedo a un virus, el protagonista de este relato recuerda aquellos días en su pueblo natal en el que se escondía de otra amenaza: la violencia. Andrés Guillermo Prieto Martínez nos explica en este cuento la historia de un joven que podría ser la de miles de personas que han tenido que huir de Colombia. Testimonios que muchas veces se pierden en el olvido, sobre todo cuando el miedo lleva a una comunidad a disipar sus recuerdos y a guardar silencio. Este texto fue el ganador en la categoría de Narrativa del 1.er Premio de Escritura Creativa En Palabras [relatos migrantes].
El día de la Virgen
Por: Andrés Guillermo Prieto Martínez
Con las calles vacías percibo que el mundo que se ordena tras mis pasos es más ordenado y geométrico, todo se presenta como una repetición sin altibajos. Imagino que la avenida por la que camino opera en el espacio muerto como una atadura invisible que funde en un mismo destino y una misma dirección las largas sucesiones de edificios. Encuentro que me basta con la mirada para calcular la distancia que me separa de un lugar a otro. No siempre fue así. Los caminos de mi pueblo están llenos de tropiezos, de zanjas inmensas como valles imposibles de esquivar, de recorridos que se transforman incesantemente por las piedras, la basura y el barro. No hay manera de evitar los charcos que se forman en las calles ni tampoco los barrizales que engullen las aceras hasta alcanzar los muros de las casas. Allá el tiempo que toma llegar de un lugar a otro depende siempre de la intensidad de la lluvia y de las múltiples deformaciones que sufre la tierra con las pisadas ajenas. No romantizo la suerte actual de mis pasos ni desdeño la de entonces. Cada marcha, por fácil o compleja, es el triunfo del cuerpo en el mundo, así como la marcha que me trajo hasta aquí o la que me sacó de allá.
Siempre dicen lo mismo sobre los ausentes: Dios nos quitó el recuerdo de ellos de la memoria para resguardarnos del dolor.
Atravieso una sección de la avenida Diagonal con mi bolsa de mercar vacía, ansioso de los tropiezos que mis pasos insisten en reclamar por culpa de su arraigo. Mientras tanto imagino las consecuencias que tuvo para la gente del pueblo mi repentina desaparición. Me sumerjo en la idea de un aparente equilibrio que por un momento me colma de tranquilidad y me alivia: tanto aquí como allá los niños y los jóvenes permanecen cautivos en sus casas, mientras los adultos cuidan de ellos. Para todos, sin excepción, aquí y allá, cesaron las visitas, las celebraciones y los juegos en la calle. Inmediatamente me retracto, porque sé que no es más que una falacia sobre la igualdad que viene de otras bocas. Entonces se disuelve la calma: aquí no es como allá. Desde hace mucho tiempo que en mi pueblo el barro se acumula en las calles mientras las vidas se consumen al interior de las casas. El miedo ya nos había tocado de otras maneras, nos era bien conocido y sabíamos lo que era estar forzados al encierro.
Desaparecí un día de mayo de hace dos años. Supongo que allá nadie recuerda qué día fue con exactitud o al menos nadie quiere hacerlo. Imagino que hasta el más espabilado de los niños no se ha atrevido, por pura superstición, de hablar sobre lo sucedido. Quizás también no lo han querido hacer, soslayados por las reprimendas de los más grandes, quienes siempre dicen lo mismo sobre los ausentes: Dios nos quitó el recuerdo de ellos de la memoria para resguardarnos del dolor. Puede que quienes cuentan algo sobre ese día prefieran decir que son cosas que han soñado o que han escuchado de los sueños de otros, tal como lo hacen sobre muchas otras cosas. Esa manera de narrar la vida ha acompañado a la gente de mi pueblo, a sus vagos ritos, sus vagas tradiciones y la vaga memoria de las palabras que algunos se esfuerzan por conservar.
En mi pueblo nada volvió a celebrarse después del atardecer, la oscuridad venía para todos como una amenaza desconocida, como el virus del cual hoy nos resguardamos.
Intento por todos los medios hacerme a la idea de que lo que se sabe de mí y de ese día es retazo incoloro de imágenes que quedó como consecuencia de una amnesia colectiva. Mis pasos llevan la cuenta de las suposiciones contradictorias que no puedo dejar de hacer, con mi deseo presente de olvidar y de ser olvidado. Un juego sin salida. Por desfortuna mi recuerdo es menos difuso. Ese día se celebraba la Romería de la Virgen, que es para muchos el más agorero de todos los días del año. Ya no era un niño, tenía diecisiete años y había tenido que enterrar yo mismo a mi madre unas semanas antes. Me levanté en la madrugada para ir al frente de la procesión que iba desde la plaza hasta la ermita donde está la Virgen, en la pendiente más empinada del pueblo. Fui el primero en llegar, en inclinarme y en tocar el altar. También fui el primero en alentar a los demás para alzar la estatua, ponerla sobre la mesa de paso y continuar el recorrido. A la una de la tarde, tras el final del recorrido, ya habíamos puesto a la Virgen de vuelta en su altar y yo tenía, como los demás cargueros, la camisa manchada de sudor y los zapatos de cuero negro colmados de barro. En mi pueblo nada volvió a celebrarse después del atardecer, la oscuridad venía para todos como una amenaza desconocida, como el virus del cual hoy nos resguardamos. Sin la Virgen sobre mí aún sentía todo su peso a cuestas, y pensé que era el peso del miedo y la angustia. Vendrían por mí y tenía que huir.
No traje nada conmigo salvo mi ropa sucia y un fragmento de porcelana blanca y azul que arranqué de alguna esquina desportillada de la Virgen mientras la cargaba. La llevo todavía conmigo en una bolsita de tela improvisada que cuelga de mi cuello. La llevo para pensar que los pasos que doy siguen siendo parte de esa procesión. A cien metros del lugar donde merco solo puedo seguir pensando en ese día y en los anteriores. Lo que vino después y me trajo hasta aquí está hecho de un material menos difícil de tragar. Mi madre me había rogado que huyéramos pero que lo hiciéramos después de la Romería, le tenía una promesa a la Virgen y primero debía cumplírsela. Al final yo debo cargar con la misma congoja de todos los de allá: la de no haber huido antes por querer ser bueno con la Virgen.
Mánigunaa’ es una bestia peluda, escamosa y con pezuñas gigantes. Aunque ella no lo sabe. No hasta que un humano blanco llega a su pueblo y le dice lo que es: un animal. Esta noticia, lejos de desanimarla, le alimenta la curiosidad y la lleva a subirse a un avión para conocer por qué estos seres dicen ser mejor que ella, solo por tener la piel blanca. A través de este relato fantástico, Brenda Biaani reflexiona sobre las emociones y los pensamientos que atraviesan a las personas migrantes cuando están a punto de cruzar las fronteras. Este texto recibió el segundo premio de la categoría de Narrativa del 1.er Premio de Escritura Creativa En Palabras [relatos migrantes].
Mánigunaa‘
Por: Brenda Biaani
Años después, en la sala de espera de aquel aeropuerto, la mente de Mánigunaa’, evocó las palabras que el primer humano que conoció le dijo: “Ustedes, los otros, los condenados de la tierra crecerán y morirán sin pena ni gloria, ¡sépanlo! Aun ustedes, los animales educados, blancos por dentro, pero con escamas por fuera, no pueden ser humanos ¡son animales! Solo basta ver cómo en nuestras tierras humanas todo se resuelve en paz. Lo humano es algo a lo que ustedes aspirarán, pero que nunca serán.” En aquel preciso instante, Mánigunaa’ recuerda haberse notado las pezuñas por primera vez. Ella nunca había sido consciente de tener escamas en la piel tampoco. Pero a los cinco años y recién aprendida a hablar, entendió perfectamente aquellas palabras. Ese día, Mánigunaa’ llegó a casa llorando y le preguntó a su abuela:
La abuela sin saber qué contestar, apenas pudo decir:
—Hija, al menos tus escamas son un poco más claras, casi no se ven. Si te quedas callada, no notarán que no eres humana—. E intentó consolarla como a un pequeño animal en plena crisis existencial. Ese día, Mánigunaa’ decidió entonces estudiar a los humanos de cerca. “Algún día viajaré a sus tierras a entender por qué no tienen escamas y solo tienen piel blanca”, se prometió y hasta entonces nunca dejó de preguntarse: “¿Por qué son mejores? ¿Por qué hay paz? ¿Por qué no se matan? ¿Por qué me desprecian aun siendo yo blanca?”.
Algunos años después, Mánigunaa’ tomaba un avión hacia las tierras humanas. Nunca le habían sudado tanto las axilas, pero ese día sus poros regaban a mares todo su cuerpo velloso. Al aterrizar el avión, Mánigunaa’, aquel ser pálido, de ojos grandes hundidos y que rondaba ya los 25 años, se bajó tiritando de angustia por no saber dónde estaba y si los humanos la aceptarían. Aún confusa, se acercó a la frontera y divisó a lo lejos un horizonte invisible con el cual otras y otros como ella se topaban de frente. Sin embargo, los humanos cruzaban como si de la nada se tratase esa línea divisoria. Mánigunaa’ se arrastró hacia un banco cercano a respirar y a tratar de calmarse un poco. Hacía varios años que soñaba con cruzar esa línea, aunque no tenía claro el porqué de esa obsesión. Quizás, en sus adentros, Mánigunaa’ creía que sería más humana si lo hacía; quizás, en sus adentros, Mánigunaa’ pensaba que sus garras o sus pelos largos o su piel escamosa o sus manos grandes y tozudas transmutarían hasta parecerse cada vez más a los de los humanos. Poco a poco, Mánigunaa’ se calmó, tomó aire y se estiró hasta escuchar el crujir de su columna vertebral y pasó al baño, donde se remojó las axilas vellosas y sudorosas que desprendían olor a animal de rancho. Mánigunaa’ entonces se puso de pie y caminó hacia la frontera.
Mánigunaa’ siempre pensó que si cuando cruzase la línea tan solo esa pezuña desapareciese, ella podría ser humana
Al cruzar no lloró ni tembló, se mantuvo firme, incluso cuando estando ya del otro lado, le pidieron sus identificaciones, e incluso cuando le incrustaron el sello en lo más profundo del culo para identificarla. Mánigunaa’ solo recuerda sentir rabia en el momento en el que, estando agachada y mientras le sellaban el culo, vio a lo lejos a los humanos cruzar como si nada por aquella línea invisible que llamaban frontera. Centró entonces su mirada en la pezuña más larga que tenía. Le sobresalía de los zapatos, era filosa y oscura, y tenía pequeñas manchas blancas. Era la pezuña que más le daba vergüenza, porque era el símbolo con el cual la identificaban como un ser no-ser; uno de esos animales disfrazados de humanos que, a veces, si no se le miraba con cuidado, podría llegar a confundir al observador y hacerle pensar por un momento que era humano. Hasta que notaba la pezuña del pie derecho.
Mánigunaa’ siempre pensó que si cuando cruzase la línea tan solo esa pezuña desapareciese, ella podría ser humana. Pero la pezuña no desapareció, sino todo lo contrario, en ese momento mirando detenidamente, se dio cuenta de que las otras pezuñas le habían crecido. Ahora todas eran más grandes y notorias en ambas extremidades. A pesar de ello, a Mánigunaa’ no le molestó, como lo hubiese supuesto tiempo atrás. A Mánigunaa’ le gustó. Mientras pensaba esto, los humanos que le hacían la yerra fronteriza la pusieron de pie y le dieron una nalgada para que entrara a la tierra de los humanos. Mánigunaa’, ahora caminando un poco más encorvada por el efecto de sus nuevas pezuñas, terminó de cruzar la frontera más animal, más bestia, más ella. En aquel preciso instante a Mánigunaa’ le quedó claro que en las tierras humanas no todo se resuelve en paz y que lo humano es algo que ella no desearía ser.