Años después de haberse ido a Barcelona, Brenda Biaani volvió a su casa en México para encontrarse con que la realidad de su hogar de infancia ya no correspondía con el recuerdo que tenía de él. Solo una cosa seguía siendo igual: el imponente árbol de mango que su abuela había cuidado toda su vida. Pero la abuela ya no estaba y el abuelo se enfrentaba a una dura enfermedad. Y allí, en medio de temblores y un contexto apocalíptico, Brenda se da cuenta de que el paso del tiempo se precipita a dejar gruesas cicatrices cuando se vive en la distancia.
El mango
Por: Brenda Biaani
Aquel día llegue por fin a mi casa. Habían pasado más de cinco años desde que me fui. Bajé del coche y planté los tenis viejos en el suelo. La gravilla bajo mis pies temblaba, se movía en una extraña sintonía con la tierra. Estaba temblando. A lo lejos y a pesar del temblor, mi cuerpo se concentraba en aquellas tres siluetas. Poco a poco comencé a distinguir a mis padres y a mi tía. Caminé lenta pero firmemente hacia ellos. El rostro de mi madre estaba desencajado.
—No debiste haber venido —me dijo mi tía, un tanto enojada, mientras mi padre me abrazaba fuertemente.
El temblor paró. Ruso, el perro, deambulaba inquieto a mi alrededor. Mi tía se detuvo frente a mí y de nuevo me dijo:
—No debiste haber venido.
— ¿Cómo está mi abuelo? —contesté.
Al fondo del patio –un terreno grande custodiado por árboles de mango y chicozapote– se dibujaba una cama. Mi abuelo estaba a la intemperie.
—Después del temblor del 7 decidimos sacarlo —afirmó mi tía—. Tiembla tantas veces y tan seguido que no vale la pena meterlo a la casa. Intentamos poner lonas de plástico sobre él, amarradas a los mangos. Así, si llueve, no se mojará. Las lágrimas escurrían por las mejillas de mi madre, mientras mi padre me decía:
—No estamos tan mal.
En mi rostro comenzaba a dibujarse una angustia robusta, esa que te deja en shock y te impide reaccionar. No lloré. Respiré hondo.Mientras caminaba hacia la cama donde yacía mi abuelo con cáncer terminal, recordaba poco a poco la sonrisa nítida, los ojos brillantes y su cuerpo corpulento y fuerte cargándome por los aires. De eso, ya hacía más de veinte años. De ese hombre solo quedaba una escena apocalíptica bajo el mango preferido de mi abuela. Aquel mango. Aquel bajo el cual mi abuela barrió la hojarasca todos los días de su vida; de hojas verdes a amarillas, de tronco débil a gigante corpulento. Aquel de frutos destacados que caían con las ráfagas de viento helado proveniente del Norte. Esas ráfagas que me hacían tiritar, pero que a mi abuelo nunca lo perturbaron.
Mientras caminaba hacia la cama donde yacía mi abuelo con cáncer terminal, recordaba poco a poco la sonrisa nítida, los ojos brillantes y su cuerpo corpulento y fuerte cargándome por los aires.
Bajo aquel mango vi su cuerpo debilucho y flácido, mermado por el cáncer de piel que le devoraba todo el rostro. Incluso ya había perdido un ojo. Al decir mi nombre en un intento de llamada, un olor a amoníaco fuerte se desprendió de su boca. ¿Qué había pasado? Cuando me fui todo estaba bien y ahora lo único que continuaba siendo igual eran los imponentes frutos del árbol de mi abuela. Me quedé estática observando el escenario como si estuviese fuera de todo aquello. Quise abrazar a mi abuelo, quise besarlo, quise llorar sobre el otro padre que había tenido, pero el temblor interrumpió mis pensamientos.
—No debiste haber venido —me dijo mi tía, con voz entrecortada, mientras mi abuelo exhalaba su último aliento.
El temblor se detuvo. Dos días de viaje, tres vuelos de avión, un autobús, dos horas en coche y la muerte de mi abuelo… Ya Barcelona me quedaba muy lejos.
Sin principio ni final, sin entrada ni salida. Así es la cinta de Moebius, esa figura semejante a un número ocho acostado que muchas veces se usa para representar el infinito. Para Gustavo González Geraldino, los trámites a los que se tiene que enfrentar una persona migrante para regularizar su situación administrativa se parecen también a esta figura: no puedes tener papeles si no tienes un contrato de trabajo, no puedes tener trabajo si no tienes papeles, así hasta el infinito. A partir de experiencias propias y ajenas, Gustavo ha escrito este relato en el que describe cómo es una hora en la vida de una persona sin papeles en Barcelona. Este texto recibió el segundo premio de la categoría de Narrativa del 1.er Premio de Escritura Creativa En Palabras [relatos migrantes].
Una hora sinpapeles
Por: Gustavo González Geraldino
A eso de las 12:15 del mediodía, al despertar tras una noche de insomnio cada vez más frecuente en estos tiempos de confinamiento, encontró dos mensajes en su móvil. El primero, un mensaje de texto titulado «Santander informa», que decía: Póngase en contacto con su sucursal por una situación irregular en sus posiciones. Ya sabía de qué se trataba y la molestia le acompañó en la lectura del segundo mensaje, uno de Messenger, de remitente desconocido. Una nota larga plagada de faltas de ortografía.
Parecía una declaración de agravios. Hablaba del gobierno corrupto, las generaciones perdidas, el encarecimiento de los alimentos, la irresponsabilidad de los vecinos y muchos otros asuntos sin ahondar en nada. Finalizaba reconociendo un descuido fundamental: Se me olvidaba, soy tu papa y me prestaron este fasebock para saber como estas, como estas? Tomó un bocanada de aire, la retuvo por unos segundos y la expiró con una exhalación profunda y sonora, así como cuando se está en la fila de Mercadona y el de atrás tose. Hacía mucho que no sabía nada de él, desde que partió para Barcelona, dos años ya, no habían vuelto a cruzar palabra.
En tan largo mensaje sintió un vacío, algo no le cuadraba. No respondió inmediatamente, dejó que la sorpresa se calmara y las emociones se enfriaran. Desayunó pensando en qué responder y media hora después, con desconfianza, escribió: Papi ¿tienes miedo? Por quince minutos aguardó, hasta que su interlocutor escribió: Recuerda que naci el 2 de noviembre, el día de los muertos, cuando mi mae iba a visitar la tumba de mi abuela. Que miedo ni que na, concluyó. Quedó claro que era él y quedó claro que tenía miedo.
No tenía papeles por no tener un contrato laboral y nadie le hacía un contrato laboral por estar sin papeles
Ajá! ¿Y quién es la muchacha de Facebook?, le preguntó, intentando retomar la conversación. Pero la lucecita verde de conectado ya no aparecía. Gracias a eso se dio cuenta de que eran las 12:57 y en media hora cerraban el banco. Se enjuagó la boca mientras abotonaba la camisa y se metía en un estrecho jean, todo al mismo tiempo. Cogió sus documentos y en 10 minutos estaba en la puerta 26 de la calle Sants, la sucursal más cercana del Banco Santander. En la oficina vacía, detrás de un cristal recién instalado, un aburrido empleado le atendió. La amabilidad de oficinista duró hasta que se percató de que el NIE recibido por debajo del cristal había expirado el año anterior. Miró con desconfianza la cara de su cliente mientras la comparaba con la foto del documento y con voz afirmativa, casi de regaño, sentenció: «Debe facilitarnos el documento vigente o de lo contrario no se puede hacer nada».
Aspiró nuevamente otra bocanada de aire, le replicó al funcionario que el documento estaba en trámite y que la oficina de extranjería… Por cuarta vez contaba la misma mentira en otra sucursal del banco. No había ningún documento en trámite. Vivía la cinta de Moebius del sinpapeles. No tenía papeles por no tener un contrato laboral y nadie le hacía un contrato laboral por estar sin papeles.
El bancario, con un «Le entiendo.», simuló empatía, pero como libreto leído, repitió la respuesta que habían dado sus colegas las tres ocasiones anteriores: «No puede hacer ningún movimiento ni cancelación de la cuenta si no presenta un documento vigente, tiene una deuda de 112 euros por gestión de cobros y penalizaciones de facturas impagadas. No puedo hacer más nada.», y terminó exculpándose: «Espero que me entienda».
Ante la impotencia, apretó los dientes y empuñó sus manos con la sangre hirviendo. El empleado lanzó la mirada de alerta a su colega, que sutilmente puso su mano sobre el teléfono. Un movimiento disuasorio que funcionó. Sabía que siendo un sinpapeles, llevaría las de perder si la policía se apersonara. Tomó su documento vencido y volvió a su piso. Una llamada interrumpió su andar. Al contestar, una voz robotizada de mujer decía: «Usted ha requerido los servicios del Banco Santander, permítanos conocer su nivel de satisfacc…», presionó con rabia la pantalla para cancelar la llamada.
Sabía que siendo un sinpapeles, llevaría las de perder si la policía se apersonara
Ya en su habitación, reposando el desayuno, la tensión con el empleado del banco y la llamada impertinente, recibió otro mensaje de Facebook: Es tu prima Matilde, ija del difunto Chelo, vive en Bogotá, pero está en la Costa, ahora le toca quedarse con nosotros mientras todo esto pasa. Sin saber ni interesarse de la existencia de esos parientes lejanos, devolvió la pregunta obligatoria:¿Todos están bien por allá?
Gracias a dios sí y los tres puntos que se muestran cuando el otro está escribiendo comenzaron a titilar. Esperó la respuesta que llegó cinco minutos después. Una larga nota como la inicial, pero más directa: Solo una novedad, El Flaco Mendoza, el pelao, no el viejo, se murió en tierras gringas, escribió sin anestesia y prosiguió. En esta ocasión, en lugar de aire pareció inspirar una gélida tristeza que se dispersó por el resto de su cuerpo a medida que leía. El Flaco, su amigo de infancia y primer amor prohibido se había muerto en Nueva York, tenían casi la misma edad y compartían un mismo rumbo en distinto lugar, eran migrantes sinpapeles. Aunque la nota no tenía rastros de sentimientos, pudo percibir el dolor de su padre al escribirla. Sabía que lo quería como a un hijo y que Carmenza, su madre, estaba destrozada y sin la posibilidad de repatriar el cuerpo de su hijo. Era un dolor sin fondo. Sintió angustia y percibió el miedo de su padre.
El Flaco, su amigo de infancia y primer amor prohibido se había muerto en Nueva York, tenían casi la misma edad y compartían un mismo rumbo en distinto lugar, eran migrantes sinpapeles
Rompió a llorar y sus dedos solo pudieron anotar un escueto: Gracias por informarme, padre. La respuesta no se hizo esperar, parecía que ya estaba escrita: De nada ijo, cuídate de esta peste, te queremos devuelta. Hacía más de tres años, desde que se hizo público el amor de su hijo hacía otros hombres, no había vuelto a decirle algo bueno, bello o tierno. Y desde hacía dos años, cuando decidió vivir bajo el nombre de Natalia e irse a Barcelona, su padre cortó toda comunicación.
La lucecita verde de conectado se apagó, ya era la 1:15 y Natalia se preparó para su rutina diaria de recibir y entregar alimentos en el improvisado y necesario banco de alimentos hecho por sus colegas.
Dedicado al Flaco y a la Red de Cuidados Antirracistas de Barcelona
¿Qué es la memoria? ¿Para qué hacer memoria y por qué? ¿Cuál es el poder de construir una memoria migrante y colectiva? ¿Y por qué construir memoria migrante alrededor del patrimonio? ¿A qué nos referimos cuando decimos «construir memoria para resistir»?, ¿resistir a qué? ¿Cuál es el papel de la escritura en este proceso?
Reflexionamos sobre estas preguntas con Camila Opazo-Sepúlveda, mujer chilena migrada en Barcelona, donde cría, crea y (des) aprende desde el feminismo decolonial como posición teórica-política de vida. Camila es activista antirracista e investigadora de la descolonización en el ámbito de la memoria, los museos y el patrimonio. Es miembro del colectivo y hoy compartimos su artículo.
Construir memoria con el cuerpo y las palabras
Camila opazo sepúlveda barcelona, febrero 2022
Una serie de protestas sociales ha sacudido a toda Abya Yala en los años que nos preceden. La memoria histórica se propone como un escenario más en la disputa por el poder que ha sido arrebatado a sus comunidades desde hace más de cinco siglos. Las voces de Yorka, nos sugieren que la memoria nos hace valientes, en “La canción es protesta”, melodía surgida en el estallido social de Chile, del año 2019. Venida desde mi lugar de origen, la recojo para motivar a que nos atrevamos a recordar. Y además, para propiciar lugares de encuentro en donde reflexionar sobre la importancia de rememorar, desde el reconocimiento de nuestra propia identidad como personas migrantes. En particular, si hemos realizado trayectorias migratorias de sentido sur-norte, con las implicancias geopolíticas que ello significa en la historia y en la configuración del mundo, sus territorios y poblaciones, tal como lo conocemos hoy.
Comenzaré indicando que la memoria se caracteriza por referirse a hechos del pasado que no quedaron escritos en los relatos oficiales. El concepto surgió después de la década de 1960, como consecuencia de la descolonización en Asia y África, y de los nuevos movimientos sociales que buscaban historiografías alternativas y revisionistas (Hartog, 2009; Huyssen, 2002). Así, la memoria se asocia a experiencias subjetivas, es dinámica, afectiva, emocional, cambia en el tiempo, resignifica el pasado en virtud del presente (Nora, 1984). Más allá de las definiciones hechas por los teóricos, que son muy útiles, pero que sin embargo, suponen cierta distancia con las experiencias más personales, diría que hacer memoria es recoger y re-construir relatos, sensaciones y momentos que han quedado registrados, latentes, en nuestros cuerpos/corazones. Es buscar en lo profundo para sacar a la luz historias no contadas, historias que duelen, que nutren y que, sobre todo, nos ayudan a encontrar a los grupos o colectividades entre los que podemos ser quienes realmente somos. Por eso creo que se trata de un ejercicio tanto individual como colectivo. Retomaré la importancia de la colectividad más adelante.
Es buscar en lo profundo para sacar a la luz historias no contadas, historias que duelen, que nutren y que, sobre todo, nos ayudan a encontrar a los grupos o colectividades entre los que podemos ser quienes realmente somos.
Muchas investigadoras e investigadores de la memoria han señalado que se trata de un proceso que está íntimamente relacionado con el recuerdo de los hechos traumáticos. En el caso de Latinoamérica, por ejemplo, suele asociarse con procesos de violencia estatal y prácticas de detención y tortura durante épocas de dictadura o de fuerte represión policial y/o militar en los diversos conflictos por los que ha atravesado nuestro continente. En otras latitudes, pero en relación con procesos de violencia colonial que, lamentablemente, resultan familiares en nuestros territorios, Isabela Figuereido, escritora que nació y creció en Mozambique cuando era colonia de Portugal, y que vivió allí durante su proceso de descolonización, nos cuenta en su Cuaderno de memorias colonialesque “solo se supera el impacto de una vivencia desterrándola, revolviendo entre sus restos. La Historia se enfrenta siempre a ese gran obstáculo que deben superar los investigadores: el silencio sobre lo que se calló, o se prefirió esconder a conciencia, sobre lo que no es honroso.” Según su experiencia entonces, hacer memoria, es decir, desterrar lo silenciado y revolver lo no honroso, escondido a conciencia, nos sirve para sanar.
Representación mural de las Venus de Valdivia, realizado por una mujer migrante de Abya Yala en Barcelona, en la Farinera del Clot. Las piezas arqueológicas pintadas se encuentran exhibidas en el Museo Etnològic i de Culturas del Món de Barcelona. Instagram de la artista:@KILLA.EK
Volviendo a la diferencia entre Historia y Memoria, resulta central destacar que esta última, al contrario de la primera, se compone de una multiplicidad de voces, visiones y fragmentos que resuenan desde otras épocas, y nos permiten viajar en el tiempo a través de los recuerdos. Parten desde lo que podríamos decir, las microhistorias, aquellas que vienen de experiencias individuales, de nuestra infancia, o de lo que nuestras madres o abuelas nos contaron de las suyas. La memoria no es un relato, sino una pluralidad de experiencias que, sin elección premeditada, llevamos a cuestas en nuestras corporalidades. Una narrativa migrante que se cuestiona sobre estas herencias corporales desde las propias heridas, es la de la escritora peruana Gabriela Wiener, quien, en su libro Huaco Retratoaborda la memoria de un padre muerto recientemente al otro lado del Atlántico, y la memoria de un abuelo expropiador de patrimonios prehispánicos en nombre de la ciencia moderna occidental. Desde allí, se pregunta si acaso aquellas heridas femeninas, que vienen del “abandono original” asociado a los procesos coloniales, y tantos otros en la historia patriarcal, no se transfieren en las sombras de nuestros linajes, o si podrían transmitirse a nuestras formas de desear y amar, de querernos a nosotras mismas, o incluso, si podríamos llevarlos como parte de nuestros miedos y excesos. ¿Cuánta de esta información llevamos en nuestras células? Nos invita a preguntarnos la autora en su maravillosa novela.
La memoria no es un relato, sino una pluralidad de experiencias que, sin elección premeditada, llevamos a cuestas en nuestras corporalidades.
Para Marina Garcés, profesora de filosofía en Zaragoza, el imperio de la historia única aspira a no dejar nada afuera. No ser reconocidos por ella nos condena a no existir. A no pertenecer. A no ser. Todas las exclusiones, las opresiones, los desprecios y los expolios derivan de esta expulsión de la historia única. ¿Cómo resistir no siendo? Lo más fácil es aceptar la historia asignada o inventarse una análoga, nos dice esta mujer catalana. A partir de la segunda posibilidad, de escribir o crear un relato alternativo, retomo la idea de “memoria residual”, planteada por la filósofa, escritora y performer mapuche Daniela Catrileo. Esta noción, que no sólo es recogida por algunos pueblos indígenas, sino que también lo es por las colectividades descendientes de personas esclavizadas del Caribe, refiere a narrativas, performances y pulsiones del pasado que no arrancan el dolor de donde provienen, que no son higienizadas y que mantienen en ella, a la vez que el recuerdo de aquellas “historias ahuecadas”, la porosidad del olvido y del paso del tiempo. Se trata de memorias que provienen de despojos, de restos y retazos que se resisten a desaparecer.
Se trata de memorias que provienen de despojos, de restos y retazos que se resisten a desaparecer.
La apelación a la resistencia no es azarosa. La memoria es aquello que se resiste al olvido. Cuando migramos, sufrimos de manera importante, un borramiento de gran parte de nuestra identidad. En nuestra nueva latitud, poco importa de dónde hemos venido, dónde hemos crecido o cuáles son nuestras expectativas y anhelos. Parece ser que nuestra vida no merece ser narrada y nuestras maneras de actuar antes de llegar se convierten en irrelevantes. Incluso, en ocasiones, somos nosotras mismas quienes decidimos olvidar parte de nuestra identidad y volvernos más “de aquí”; que no se note nuestro acento, que no se manifieste nuestro origen. Ante la amenaza constante de desaparecer, nuestras memorias se resisten a olvidarlo todo, y se aferran a nosotras para sanarnos de la herida de la vergüenza. Están ahí para recordarnos que, aunque en el país de “acogida” seamos indeseadas, una vez fuimos dignas. Así, en nuestra vida migrante, iniciamos performances del recuerdo: cantamos canciones, cocinamos recetas, atesoramos objetos. Construimos nuestro propio archivo de memorias, que reúne un cúmulo de elementos sensoriales que pasa por todos nuestros sentidos y nos vincula con los aspectos más sensibles. Son estos signos materiales, refugios emocionales que codifican nuestra memoria y nos ayudan a recrear, reinterpretar y no olvidar lo que sucedió en nuestra “otra vida”. Pasan a ser parte de nuestro patrimonio individual, o familiar, o colectivo. Son semillas para nuestra supervivencia.
Estos objetos y archivos de memorias no son inertes, por el contrario, están llenos de vida y significados, y están también para desenterrar una verdad que no ha sido mencionada previamente. La importancia de escribirla, de invocarla, de hacerla inteligible radica en que han sido estos relatos, contados en primera persona, los que han ayudado en la visibilización de los conflictos sociales, políticos y económicos de las sociedades actuales, ya que señalan de manera crítica, pero también situada y con perspectiva histórica, las desigualdades raciales, de sexo/género y clase, entre otras. De esta forma, las voces migrantes, respecto de sus propias experiencias, han aportado en reconsiderar el rol y la vigencia del colonialismo en el desarrollo capitalista hasta el presente y a escala global. Así, la escritura crítica y su interpretación desde diversas expresiones artísticas sobre conocimientos situados y posiciones contextualizadas se efectúa como una nueva política del lenguaje y la memoria, que viene a cuestionar no sólo los escenarios migratorios, sino aquellos pasados que se tejen de manera inequívoca con las actuales condiciones de desigualdad, precarización y persecución que lamentablemente vivimos las personas migradas.
De esta forma, las voces migrantes, respecto de sus propias experiencias, han aportado en reconsiderar el rol y la vigencia del colonialismo en el desarrollo capitalista hasta el presente y a escala global.
[…] hay un intento de recordar que constituye una expresión de la necesidad de crear espacios en los que se pueda redimir y reclamar el pasado, los legados del dolor, sufrimiento y triunfo de maneras que transformen la realidad presente. Los fragmentos de la memoria no se representan simplemente como un documento plano, sino que se construyen para darnos una nueva visión sobre lo viejo, se construyen para llevarnos a un modo de articulación diferente.
Esta nueva articulación no solo viene a contar lo no contado, sino a interpelar los mecanismos de selectividad de recuerdos y olvidos, en particular bajo las lógicas oficiales. Los Estados-Nación, aquellos que han inaugurado fronteras y jerarquizaciones antes que alianzas y hermandades, han configurado, a través del patrimonio, los archivos y los museos, dispositivos de vigilancia para los procesos de memoria. Allí donde la memoria se sanea para su institucionalización, homogeneización y categorización, es donde han quedado excluidas todas aquellas memorias que nos permiten conectar con los afectos, negándonos el sentido histórico e identitario con nuestras comunidades de pertenencia.
En el libro El peligro de la historia única, la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie nos dice que “las historias importan. Pueden usarse para desposeer y calumniar, pero también para facultar y humanizar. Pueden quebrar la dignidad de un pueblo, pero también pueden restaurarla”. Es esta intención sanadora, restauradora, afectiva y dignificante, la que subvierte las hegemonías civilizatorias patriarcales, coloniales y capitalistas, y desde la cual no sólo podemos construir nuevas historias y nuevos patrimonios, sino además, nuevos mundos posibles. Por eso, y cumpliendo con la promesa de retomar lo colectivo, culmino estas reflexiones con la invitación a tejernos entre comunidades, a reunirnos en torno a la exploración sensorial de nuestras memorias, a relatar, en palabras y con el cuerpo, nuestras experiencias. A detenernos a escuchar y a escribir aquellos ecos de quienes nos precedieron y que no se resignaron ni a la pobreza, ni al exilio, ni a la negación. Estas líneas son un aliento para dar, en conjunto, una lucha por el sentido del pasado en función de dejar de ser objetos, y convertirnos en sujetos de nuestra propia historia. Como una disputa política urgente en nuestro presente excluyente y opresivo, pero especialmente, por los proyectos colectivos de futuro, libres de dichas formas de dominación.
Foto de la pegatina combativa de la manifestación anticolonial del 12 de octubre en Barcelona, tomada del perfil de Instagram de @radiocavaret. En Instagram, la foto acompaña el poema «El ojo folclorizante», de Urraca y @pato.colordecafe , con intervenciones de La Copito.
Estas líneas son entonces, una incitación a encontrar, de manera colectiva, las formas de renacer y recrear nuestras memorias migrantes, femeninas, disidentes, empobrecidas, desplazadas. Un llamado a co-construir espacios de cuidados, donde defendamos nuestras historias como un verdadero ejercicio de justicia, reexistencia y florecimiento. Porque como nos dicen las artistas afrodescendientes Jocelyn Reyes Contreras y Javiera Asenjo Muñoz, en su obra textil expuesta en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Chile, Recordis: Pequeño fragmento de un tejido para nombrar, “cada semilla recuerda su ciclo cuando es sembrada en tierra fértil”. Así, exhorto a cada una a germinar su identidad y sus memorias, en cualquier territorio, físico, político o emocional, que el devenir de la historia, con sus desgracias imperiales, patriarcales y occidentalizantes, nos haya hecho migrar, y nos esté haciendo resistir.
Nota: La imagen de portada es una instalación artística sobre la memoria de las mujeres Afro Diaspóricas, en el Museo de la Memoria y los Derechos humanos de Chile.
Referencias citadas:
Adichie, Chimamanda Ngnozi. (2019). El peligro de la historia única. Literatura Random House.
Figueiredo, Isabella. (2021). Cuaderno de memorias coloniales. Libros del Asteroide. Barcelona, España.
Garcés, Marina. (2009). Las historias de una idea. En El peligro de la historia única. Literatura Random House. Madrid, España
Hartog, François. (2009). Historia, memoria y crisis del tiempo. ¿Qué papel juega el historiador? Historia y Grafía, 33, 115-131.
hooks, bell. (2021). Afán: Raza, género y política cultural. Traficantes de Sueños.
Huyssen, Andreas. (2002). En busca del futuro perdido: Cultura y memoria en tiempos de globalización. Fondo de Cultura Ecónomica de Argentina.
Nora, Pierre. (1984). Les Lieux de Mémoire. 1: La République París, Gallimard.
Wiener, Gabriela. (2021). Huaco Retrato. Literatura Random House. Barcelona, España.