Servicio de primer orden

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Alexis C. Méndez González (La Habana, 1947) llegó a Barcelona en 2007, después de haber ejercido como docente de la Facultad de Arquitectura de La Habana por más de veinte años. Desde entonces se involucró en iniciativas culturales de la ciudad, impartiendo y promoviendo conferencias y actividades alrededor del Día de la Cultura Cubana o como guía de Arquitectura en los Festivales 48h Open House Barcelona. Considera que por medio de la cultura se tejen vínculos y es más fácil el acercamiento y entendimiento entre personas de diferentes lugares. En este relato corto justamente crea un puente entre sus vivencias más recientes en Barcelona y su pasado en La Habana, con un toque de humor y a través de su aguda mirada de arquitecta.

Sin diferencias

Por: Alexis Méndez González

Barcelona 2020. A finales de febrero asistí a una consulta médica especializada. Según una analítica previa, todo estaba muy bien, aunque un indicador podría estar anunciando alguna anomalía.

─No se preocupe, el valor no está muy alto. De hecho, desde que usted viene a esta consulta, siempre lo ha tenido alto —dice la doctora y la miro yo con cara de asombro.— Hagamos una cosa, vea a su médico de familia para darle seguimiento a ese indicador, así lo vigilamos y tomamos medidas según sea el caso —finalizó.

“Fosfatasa sódica ósea”, con ese nombre martillándome la cabeza, al día siguiente estaba frente a mi doctora de familia quien, después de escudriñar analíticas anteriores, ora realizadas en el Centro de Atención Primaria, ora realizadas en el hospital, y ante mi insistencia, me dice: 

—Pues bien, le indicaré otra analítica, valoraremos ese y otros indicadores que pudieran estar relacionados para definir la conducta a seguir. Tiene turno para la extracción el próximo lunes 16 de marzo. 

¡Quién podía imaginar que ese día estaríamos en estado de alarma por la pandemia del coronavirus, con el confinamiento que conllevaría! No obstante, con todos los miedos a flor de piel, llegué al laboratorio y pasados unos días, soslayando dirigirme a la consulta, contacto telefónicamente con el CAP. A pocas horas me llaman: 

—Hola. Habla la Dra. Rivera. En estos días tenemos agenda única y sustituyo a su doctora de familia. En su analítica todos los indicadores están bien, pero la fosfatasa sódica sale alta, incluso más alta que en la prueba anterior. 

—¿Y a qué puede deberse? —pregunto yo, ahí sí más preocupada.

—Pues mire, le indicaré una gammagrafía ósea para salir de dudas, aunque con la situación actual es posible que no la llamen de inmediato. 

Impredeciblemente me citan en pleno apogeo de la emergencia sanitaria, de los riesgos para el traslado hasta el hospital y de mis temores por el tiempo que tendría que permanecer allí. Una situación inédita para mí y aunque contaba con guantes y mascarilla, seguiría todas las demás recomendaciones para minimizar los riesgos. 

Impredeciblemente me citan en pleno apogeo de la emergencia sanitaria…

Pero aún quedaba algo por resolver, ¿cómo llegar hasta el hospital con el menor riesgo posible? Indagando por el servicio de taxis supe que la recogida estaba garantizada, que los taxis se higienizaban varias veces al día y que los conductores iban protegidos con mascarilla y guantes. 

No conocía el Vall d’Hebrón. Tengo una cierta atracción por los hospitales y disfruto circulando por sus anchos corredores que diferencian, a la vez que comunican, los flujos que en ellos se producen, por lo que terminada la prueba deambulé por áreas colindantes al servicio de radiología, descubriendo una bella escalera de caracol, que focaliza el final del pasillo de acceso a ese departamento.

Esta manía de recorrer el interior de un hospital no es casual. Allá por los años 70, pasé el último año de la carrera a pie de obra del actual Hospital Amejeiras de La Habana, uno de los mayores del país, y mientras descubría algunos de los recovecos del Vall d’Hebrón no pude evitar viajar atrás en el tiempo.

Recordé cuando en La Habana yo iba de un espacio a otro de la obra aún en construcción, sin revestimientos, puertas ni ventanas o subía en el guinche hasta el piso 23 para ser testigo de un hormigonado o de la colocación de algún elemento. En mi imaginación, y salvando las distancias, visualicé cómo se habría ido levantando su homólogo de Barcelona.

Pude identificar en el hospital barcelonés algunos de los códigos básicos aplicados en el diseño y construcción de un hospital, presentes en ambas instalaciones. Ya a la salida, también sus exteriores me llamaron la atención, donde aquí sí hay marcadas diferencias, pues el Vall d’Hebrón, ubicado en una zona alta, se compone de varios volúmenes que responden a sus inicios en 1955 y sus posteriores y más recientes ampliaciones, mientras que el hospital Amejeiras está formado por dos volúmenes, uno horizontal y otro vertical que supera en altura a todo su entorno. Ambos complejos son dominantes en el paisaje urbano que los acoge, erigiéndose en símbolos de las ciudades donde están emplazados.

Constaté, a pesar de todas mis incertidumbres sobre el resultado de la prueba y de mis temores sobre las consecuencias que pudiera tener mi desplazamiento en medio de la pandemia, que tanto el Vall d’Hebrón como el Amejeiras no solo destacan por estos aspectos formales y funcionales, sino que pueden presumir, y es lo más importante, por ofrecer un servicio de primer orden, sin grandes diferencias. 

Y ustedes se preguntarán… «Pero a fin de cuentas, ¿cuál fue el resultado de la prueba?”. ¡Ah, sí! Todo estaba bien, nada de qué preocuparse.

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